Quiso darle una sorpresa a su esposo después del parto, pero lo que descubrió cambió todo en un instante

El celular vibraba una vez más. Svetlana lo miró con fastidio: era otro número desconocido. Con un gesto decidido, colgó y bloqueó. “Uno más para la colección”, pensó con amargura.

Apenas media hora después, el aparato volvió a sonar. Ahora era un número diferente, pero ella reconoció enseguida de quién se trataba. Con voz empalagosa, su madre habló:

—“Hija, estamos todos muy preocupados por ti…”

Svetlana apretó los dientes.
—“¿De verdad? ¿Y no era mejor preocuparse cuando tu otra hija estaba tonteando con mi marido?”

Del otro lado de la línea, la mujer bufó indignada:
—“¡No hables así! Marina está sufriendo más que nadie por tu egoísmo.”

—“¿Ella sufre? —rió Svetlana—. Pobrecita… debe estar en agonía en mi antigua cama. Me rompe el corazón.”

La llamada terminó abruptamente. Svetlana arrojó el celular al sofá como si le quemara la mano. Fue en ese momento cuando entró su padre, cargado de bolsas.

—“Parece que ya traje todo lo que pediste” —murmuró, con el nerviosismo de quien intenta arreglar lo irreparable—. “En la tienda me dijeron que todo era esencial.”

Svetlana lo abrazó con sinceridad.
—“Gracias, papá. Estás haciendo más por mí que nadie en toda mi vida.”

Él, un hombre torpe en las muestras de afecto, le acarició la cabeza con cuidado.
—“Hija, solo intento recuperar el tiempo perdido.”

El choque con la hermana

El teléfono volvió a sonar. Esta vez era Marina, su hermana.
—“¡Sveta, deja de hacer dramas! Somos adultos, podemos hablar como gente civilizada.”

—“¿Civilizada? —replicó Svetlana—. ¿Te refieres a cuando una hermana se mete con el esposo de la otra?”

Marina suspiró con tono de víctima:
—“El amor no se elige.”

—“La infidelidad sí, y es asquerosa.”

Los insultos de Marina llovieron por el altavoz: “Celosa”, “viciosa”, “podrida”. Svetlana rió con ironía.
—“Te equivocaste, querida. No estoy celosa. Al contrario, te agradezco. Me ahorraste el trabajo de sacar la basura yo misma.”

Su padre asintió en silencio, orgulloso de la valentía de su hija.

Un refugio en casa del padre

Esa noche, mientras él cocinaba torpemente pero con cariño, Svetlana lo observaba conmovida.
—“Papá, ¿por qué estás solo?”

Tras un silencio incómodo, él confesó:
—“Me casé de nuevo, pero no funcionó. Parece que mi destino es vivir soltero. Al menos nadie me regaña por dejar los calcetines tirados.”

Svetlana soltó una risa entre lágrimas. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía segura.

Al poco tiempo, su padre le ofreció quedarse de manera indefinida.
—“Aquí tienes tu casa, hija. Quédate lo que quieras. No te voy a echar jamás.”

Ese fue el inicio de una nueva vida.

La revelación más dura

Una noche, Svetlana se atrevió a preguntar:
—“Papá… ¿por qué dejaste a mamá?”

Él bajó la mirada.
—“Porque descubrí que no eras mi hija biológica.”

El golpe fue brutal. Sin embargo, él se apresuró a aclarar:
—“Quizá no seas de mi sangre, pero siempre serás mi hija. Eso nunca va a cambiar.”

El tiempo confirmó sus palabras. Incluso después de hacerse una prueba de ADN —que resultó negativa—, él mantuvo firme su decisión:
—“La biología no define lo que siento. Te crié, te cuidé y siempre serás mi niña.”

Svetlana lo abrazó con fuerza.

Una nueva etapa

Los meses pasaron. Svetlana inició el proceso de divorcio y ganó la disputa por el apartamento. Comenzó a trabajar de forma remota, asegurando su independencia económica y un hogar estable para su hija, Arina.

Mientras tanto, Dmitry —su ex— se quedó sin casa ni lujos. Cuando ya no tuvo ventajas, abandonó a Marina. La mujer, embarazada y sola, volvió con su madre. Desde ahí, ambas lanzaban maldiciones y reproches contra Svetlana, pero ella ya no escuchaba.

En la casa de su padre, todo era distinto. Arina crecía rodeada de risas y ternura, con un abuelo entregado que incluso construyó con sus manos una cuna y un cochecito nuevo.

Svetlana, por primera vez en muchos años, se sintió plena. Nadie la traicionaba, nadie la juzgaba. Solo tenía a su lado a alguien que le ofrecía lo que siempre había soñado: amor incondicional, apoyo verdadero y un refugio seguro para ella y su hija.